
Luego de realizar algunas paradas en el camino de regreso a casa. Voy apresurando el paso y mirando la hora en el reloj, para saber cuánto me había atrasado. Ya que, en pocas horas debería regresar al trabajo.
La temperatura oscilaba los 27º C, aproximadamente. Se me hacía difícil seguir la marcha por el calor. Comenzaba, poco a poco, a descompensarme y eso provocaba que fuera más despacio.
Llego a las vías y observo que el guarda agita la bandera, para dar paso al tren, así seguía su recorrido. Tras cinco minutos de espera, veo al guarda detenerse, ya que el tren no avanzaba. Me decido a pasar y al acercarme a la garita, sentí un aroma tan rico, provocando que mi estómago se quejara abiertamente.
Al cerrar los ojos, representé un cuadro de mi infancia “Yo de pequeña, salía al patio de mis abuelos corriendo, en busca de la tortuga y de mi conejito. Constantemente, esa maraña de rulos salpicaba mi rostro. Me encontraba con una sonrisa tan enmarcada, sin preocupación alguna y simplemente, así de fácil, riendo dichosamente.
Mi abuela venía tras de mí, con la misma sonrisa, solo mirándome, sin interrumpir ni siquiera con palabras, aquel corto trote que daba por todo el jardín. Mi abuelo, regando las plantas, se reía por mi soltura.
En la cocina, se encontraba el mismo aroma… puré con carne a la plancha… algo tan simple, pero hecho con mucho amor”. Y sí, aquel recuerdo me hizo reír estando sola en la calle. Ése fue mi regreso a casa, de un mediodía agitado.

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